Sexta Gomez era una de esas chicas temerositas, con vincha y peinado al medio, con tres ojos, un cuello adornadito y delgadez simpática.Su vecino era un tipo macanudo, ciego, con perro querendón y que la hacía suspirar eternamente, cada vez que éste (Belisario Patabué) se asomaba a la claridad del pasillo.
Ella soñaba que un día, uno de esos días maravillosos en los que ella se encontraba a las nueve puntual con él, le propondría tomarse unos matecitos amargos en la plaza, mientras su cuadrúpedo amigo hiciera sus menesteres caniles.
Como Belisario sólo podía adivinar la presencia de Sexta, por los sonidos de suspiros y el olorcito a lavanda en su ropa, el se quedaba calladito y a la espera que algo pasara, distinto de cada día a las nueve. En el pasillo. Frente al ascensor.
Sexta un día se animó a saludarlo. Un día glorioso, luminoso de invierno. Eran las diez de la mañana y con un frío de morirse. Pero ella se animó a saludarlo.
Acá ustedes pueden ver cómo y qué contenta estaba luego de sacarse tremenda verguenza contenida, mirando al futuro, luego de decir hola, y pensando en qué bizcocho comprar para cuando se decidiera a invitarlo con el mate.
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